Si hemos de buscar un hecho
concreto que marque el cambio del
deporte hacia la modernidad y lo
acerque a nuestro concepto actual, ese es, sin duda, la recuperación de los Juegos
Olímpicos (1896). Un hito que no puede comprenderse sin conocer la personalidad
de su mentor e ideólogo, el Barón de
Coubertin. La afirmación debe ser
tajante, pues el renacimiento de los Juegos es una apuesta personal de este adinerado
aristócrata francés de finales del XIX, amante de la educación, la cultura y el
deporte.
Pierre de Coubertin nace en
París el 1 de Enero de 1863 en el seno de una familia cuyos ancestros
trabajaron para el Rey Luís XI de Francia, quien les concedería cartas de
nobleza en 1471. Un siglo después, en 1577, la familia adquiriría el señorío de Coubertin,
cerca de la capital francesa, cuyo nombre adoptaría junto a sus títulos la saga
familiar Pierre pasó su infancia en
Normandía y cursó estudios en París, donde asistió a la Escuela de Ciencias
Políticas. Pero pronto descubriría que
sus inquietudes se encaminaban por el camino
de la educación, cuestión que le preocupaba cuando observaba a la juventud de
su tiempo. El interés por la búsqueda de unos valores positivos con los que
orientar y motivar a las nuevas generaciones fue lo que le llevó a abandonar las enseñanzas
políticas y de instrucción militar para dedicarse de lleno a la pedagogía. En esa etapa,
realizaría un viaje que le iba a marcar como persona e iba a forjar la figura que hoy
todos conocemos. Coubertin visitó Grecia y las ruinas del antiguo estadio de Olimpia,
donde escuchó con atención las historias sobre los juegos y los valores olímpicos.
Quedó absolutamente impresionado y seducido por valores como la superación, la
concordia y el respeto, tan presentes en los antiguos Juegos Olímpicos. A su vuelta a
Francia no dejó de pensar en la idea de recuperar un acontecimiento que reuniera
a los mejores atletas del momento y cuya magnitud fuera tal que, como en la
Antigüedad, todos respetaran su celebración con una tregua entre los pueblos. Sin perder de
vista la idea, comenzó a exponer y publicar estudios sobre la educación física y el
desarrollo del deporte, que fueron muy populares en Francia.
Pero el punto culminante
llega el 25 de Noviembre de 1892 cuando, tras una conferencia en la Sorbona
de París sobre “El ejercicio físico en el mundo moderno”,
anuncia el restablecimiento
de los Juegos Olímpicos. Recibió un caluroso aplauso del auditorio, pero su
idea fracasó. Fue una noticia que, en principio, no se tomó demasiado en serio. Sin
embargo, para Coubertin la maquinaria de organización y sufragio del proyecto ya
estaba en marcha. El barón visitó a algunos políticos y aristócratas europeos en
busca de apoyo político y económico. Las reacciones fueron desiguales, pero finalmente
se consiguió reunir a representantes de catorce países, que constituyeron la
primera manifestación del Movimiento Olímpico moderno.
En 1894, y de nuevo en la
Soborna, Pierre de Coubertin anunciaba la renovación de los Juegos Olímpicos y
la fundación del Comité Olímpico Internacional (COI), que presidiría desde ese
momento el griego Demetrius Vikelas, quedando Coubertin como Secretario General. Se
decide, además, que los primeros Juegos Olímpicos modernos se celebrarían
en Grecia, como homenaje a la tradición
antigua que los había inspirado y se
repetirían cada cuatro años en importantes ciudades del mundo que desearan albergarlos. A partir de ese momento
comenzaba una carrera olímpica plagada
de dificultades políticas y financieras.
Estas últimas iban a suponer un pesado lastre para la organización del evento,
tanto en ese momento como en el futuro. Los Juegos de Atenas pudieron celebrarse
finalmente gracias a la vital aportación económica de un adinerado comerciante griego
llamado George Averof, quien donó la importante cantidad de un millón de
dracmas, gracias a los cuales pudo construirse el primer estadio olímpico: el
Panathinaiko.
En el verano de 1896, el
Rey Jorge I, ante 70.000 personas que abarrotaban el nuevo Estadio Olímpico de
Atenas, inauguraba solemnemente los primeros Juegos Olímpicos de la era
moderna. La participación final fue de un total de 311 atletas que representaron a 11 países
diferentes. El público local asistió al fracaso de la mayoría de los atletas griegos que
se inscribieron en las distintas pruebas, pero esto no cambió el hecho de que el mayor
triunfador de los juegos y, en
definitiva, el primer héroe olímpico, fuera un atleta
griego. Un humilde panadero, de nombre Spiridion Louis, fue el vencedor de la
prueba reina de la cita olímpica, la maratón: una carrera de 42 kilómetros proyectada como
homenaje a la gesta que narra la leyenda aceca del
soldado ateniense
Filípides, quien siglos atrás había corrido la misma distancia desde
Maratón a Atenas para
anunciar a sus compatriotas la victoria ateniense sobre los persas, cayendo muerto de
fatiga tras comunicar la noticia.
A la conclusión, el balance
de los primeros Juegos Olímpicos fue bastante positivo, pero quedaba lo
más complicado: darle continuidad al proyecto. Los gobiernos de los países más
fuertes económicamente del mundo occidental veían la idea con escepticismo y no
eran partidarios de arriesgar su dinero por un proyecto no consolidado. Sería decisiva
la presión del Barón de Coubertin, convertido desde 1896 en Presidente del COI
(cargo que mantendría hasta 1925) para que el gobierno francés accediera a la
organización de los Juegos Olímpicos de 1900 en París. Unos juegos marcados por el
escepticismo político y ciudadano y que, además, coincidieron con la Exposición Universal
en la capital francesa, lo que acabaría por convertirlos en un gran fracaso, pero
del que podemos destacar el importante hecho de la participación por primera
vez de la mujer en los Juegos, en las disciplinas de tenis y tiro con arco.
Para la edición de 1904 se
ofrecieron dos ciudades estadounidenses que libraron una dura pugna, la cual
finalizó con la intervención directa del Presidente Roosevelt a favor de Saint Louis y en
detrimento de Chicago. Sin embargo, esta cita tampoco fue un éxito, convirtiéndose
más en una feria de nacionalidades, coincidiendo nuevamente con una Exposición
Universal, que en una competición deportiva.
Quizás, la anécdota de los Juegos fue el primer
intento con repercusión internacional de fraude deportivo en una cita olímpica,
protagonizado por el maratoniano Fred Lordz quien ganó la carrera haciendo parte del
recorrido en automóvil. Aunque probablemente los Juegos de Saint Louis 1904 también
serán recordados por su fuerte carácter
racista, mostrado en la realización
de unos “Juegos paralelos” denominados
“Jornadas Antropológicas” en las que
participaron los atletas de raza no blanca. Los problemas continuaban,
aunque era buena señal que los Juegos los superaran y siguieran
celebrándose. La cita de 1908 debía de
albergarla la ciudad Roma, pero, con todo
preparado, la crisis económica por la que se vio afectado el país, con catástrofes como
la erupción del volcán Vesubio, hicieron desistir a la ciudad de la organización de los
Juegos en el último momento. Finalmente, Londres se hizo cargo de la organización de
unos Juegos que contaron con una considerable
participación (2034 atletas
de 22 países) y con el dominio estadounidense en el medallero. Precisamente,
los atletas norteamericanos al llegar a
Nueva York triunfantes, pasearon por
sus calles un león encadenado como símbolo del poder británico derrotado, algo
que creó un importante problema diplomático.





